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lunes, 1 de febrero de 2016

Jaula.

He vivido encerrada en una Jaula.
Me he teñido cinco veces en un mes y no me reconozco en el espejo.
Me vestí y me fui porque pusiste piedras a mis muros y me dejaste encerrada con cadenas en el laberinto que construiste dentro de mi muro por tu afán de jardinero, haciéndome ver como todo crecía y yo, encogía.

No me dejaste ir.
Me cosiste las plumas y me pegaste a ti creando algo que no era yo.
Un día, exploté, exploté y mi mente voló, yo no me negué, me deje ir y ahora no te puedo ni ver.
Viví once meses engañada en un hogar que no resultó ser más que una cárcel y ahora, no tengo ni casa.

He vivido encerrada en una jaula.
Intenté huir y te quedaste hasta en canciones que jamás había escuchado para así, no dejarme escapar jamás.
Me amoldaste a ti como si fuese de plastilina y jugaste conmigo como si hubiese sido tu regalo perfecto de cumpleaños, pero funcionase mal y tuvieses que arreglarme.
No estaba rota.
Siempre dijiste que era otra persona y hoy sé, que tú fuiste el que hizo otra persona.
Me perdí cuando ni si quiera era yo.
Pero yo era, yo soy.
Tú me rompiste, me volteaste.
Me cortaste.
Durante un año no fui, fuiste e hiciste lo que quisiste.
Y ahora me busco y no me encuentro porque no sé si soy yo que me vuelvo loca o fuiste tú con tus corbatas, puñales y palabras.
Lengua venenosa, pitón asfixiante.
No sé si soy yo o un molde que hiciste de mí para ti que se ha impregnado en mi piel y no voy a mutar hasta dentro de mucho tiempo.
Y el espejo se ha roto y mis manos sangran.
Hay sangre en todo mi cuerpo y no para de correr.
Corre por mis brazos, corre por mis piernas, mis vísceras se han roto y me salen por los ojos.
Hay más sangre que tiempo y el tiempo se ha ido.
Soy venas vacías y ojos hundidos.

Soy lo que no soy porque tú me arropaste indefensa para tirarme por tierra.

lunes, 26 de octubre de 2015

Calle de la Trinidad 285.
Piso 4, 3b.
Llovía, llovía mucho, algo de esperar en noviembre.
Llamé al telefonillo y una voz grave, me abrió la puerta.
Subí las viejas escaleras que chirriaban detrás de mí y me encontré con unas imponentes puertas verdes.
El edificio, en sí, era viejo.
Viejo y enorme.
El mismo hombre que me atendió a través del telefonillo, me abrió la puerta.
-Pase- me dijo, y entré, para encontrarme algo igual de imponente y viejo, que el exterior.
La casa era grande, de pasillos largos mal iluminados y con alfombras que cubrían el suelo entero, cruzando de un lado a otro la casa.
Al principio, se encontraba el salón.
Parecía que aquella familia, viviese en el S.XX y no hubiese salido de ahí.
Era grande, todo en aquel lugar lo era, había una mesita de café a los pies de los sofás, colocados en U de tres asientos cada uno, con unas tazas de té, vacías, y varios libros superpuestos.
Los ventanales, recorriendo la pared casi entera, con cortinas grandes y pesadas que caían hasta el suelo como si les costase, eran granates y se movían con dificultad pesé al viento que hacía.
Parecía, que la lluvia no les importaba.
Seguí recorriendo el salón con la mirada y topé con una espalda y una calvicie incipiente, entre los cientos y cientos de libros, que podrían ocupar (perfectamente ordenados) esas estanterías regias, había lugar para un tocadiscos.
Un hombre, se giró y me miró con sonrisa amable, entre los dientes, sujetaba una pipa, sin encender y tras una mirada larga, me preguntó si tenía un mechero (o unas cerillas en su defecto) me apresuré y busqué entre mis bolsillos, hasta dar con el mechero, y alargué mi mano para ofrecérselo.
Antes de lo que pensaba, la habitación se mezcló con un aroma de tabaco de pipa y leña quemada, que me transportó a cuando mi padre, fumaba pipa.

- 10 años antes -

Estaba en mi habitación, leyendo un cuento no tan para niños, que descubrí muchos años después.
Sonó la puerta de la calle y supe que había llegado, bajé las escaleras, corriendo, y ahí estaba.
Cogí mi libro y me dirigí al despacho, para acomodarme en un sillón que tenía y él se sentó en la mesa de caoba, buscó en los cajones y sacó la pipa.
Apenas montó el tabaco, cogió una cerilla y prendió el tabaco.
Me contó cómo había ido su día y después, yo le conté el mío.
Mientras terminaba el papeleo, yo me quedaba inmersa en la lectura, hasta que él terminaba y me acurrucaba en sus rodillas, para seguir el libro, por donde yo lo había dejado.
Esa era la rutina diaria desde hacía varios años.
Hasta que un día, la puerta no sonó,
nadie bajó las escaleras
y la pipa no se encendió.
El perro no ladró
y yo no salí de mi habitación.
Dejó un rastro de tabaco escondido entre los libros y un olor que me sobrecogía todas las tardes a las 7 en punto, esperando en aquel sillón, esperando a que alguien, él, ocupase la silla.
La pipa seguía ahí.
El tabaco seguía ahí.
Y las escasas cerillas.
Pero él no volvía.
Nunca volvió.
Y los libros se acabaron.
Y yo empecé a fumar en su defecto,
en aquel viejo, cada vez más viejo sillón,
y el perro empezó a ladrar cada vez que yo hacía sonar la puerta.
Nadie bajaba las escaleras
y yo me hacía un té.
Y así pasaron los años
con polvo acumulado en el recuerdo
y una pipa en un cajón.
Un cartón y otro de Marlboro en la papelera
y cerillas gastadas.
La habitación siguió con su olor característico, pero cada vez más a cigarrillos, en vez de pipa,
y el sillón fue cambiado por otro.
Los libros empezaron a rotar
Y la habitación a cambiar.
La casa empezó a vaciarse
Y con ella sus recuerdos.
Y él, nunca volvió a aparecer.
Y ella, siguió sus costumbres, como si nada hubiese cambiado.
Cuando todo, había cambiado.


domingo, 31 de mayo de 2015

71 "Soy"

Me gusta llevar las uñas mal pintadas y tomar café con leche.
Siempre llevo el corazón roto, porque me da buena suerte y así, no tengo que esperar nada de nadie.
Suelo llegar tarde a los sitios porque me da miedo no llegar nunca a ninguna parte.
Me gusta vestir de negro, porque no me gusta la policromía.
Soy más de clásico que de contemporáneo, porque puede que tenga miedo a ciertos cambios.
Y puede
Que por eso
Siempre vuelva al kilómetro cero.
Suelo leer porque mi vida me aburre y necesito irme.
Me gustaría volar, pero me debo conformar con soñar
Aunque,
Nunca,
Me acuerde,
De lo que sueño.
Soy de observar,
De mirar,
De aprender y aprehender.
Creo en el alma y en la vida múltiples veces,
Porque morimos sin morir y vivimos sin llegar a hacerlo.
Las páginas se pasan como segundos y en realidad, nada tiene sentido. Sólo el que tú le encuentres.
Soy de emoción fácil y difícil,
Soy todo a la vez,
Soy nada.
Soy luz y oscuridad,
Lo viejo y lo nuevo,
Un sí y un no, continuo
Que separa mi cuerpo y mi mente.
Soy el café de las 5 y la cerveza de las 7.
Siempre hay algo, pero aún más, nada.
A veces, me gustaría saber,
Qué soy realmente.

miércoles, 11 de febrero de 2015

70.

Luces.
Luces parpadeantes que entran y salen por mis ojos como cien mil estrellas en un cielo más negro que la propia mezcla.
Las luces verdes se difuminan entre la niebla y las ámbar guiñan sus apagados tonos hacia las calles vacías.
Las rojas... las rojas hacen que me pare.
Llenas de dolor.
Miseria.
Angustia.
No sé.
Qué más da.
Si nadie sabe nada.
Y es triste.
Es triste no saberlo o no tener la respuesta o peor aún.
No saber la pregunta.
O a lo mejor, es lo bonito de todo esto.
Que ni sabemos las preguntas ni las respuestas.
O las pesadillas que nos atormentan y golpean hora tras hora detrás del tick tack de los relojes de muñeca que jamás llevo.
Qué es.
Quién soy.
No soy nada.
Y la nada es todo.

A la mierda.

Puede.
Quizás.
Quién sabe.
Huir.
Gritar.
Correr.
Llorar.
Quizás.
Puede.
Quién sabe.

Yo no, desde luego.
Y me ahogo en un mar de dudas tratando de dar respuesta a todas aquellas preguntas que no puedo si quiera preguntarme porque ni sé formularlas o puede ser que simplemente, no quiera saber respuesta.

Vacío.
Nada.
Lleno.
Todo.

Por que en el fondo, la nada es todo y todo, es nada.
Y nosotros somos polvo y lo que nos rodea nos mueve.
Como títeres sin usar o demasiado gastados.
Como esa función que jamás terminó y nunca llegó a empezar por miedo a preguntar
¿Qué es?
O por miedo a saber la respuesta.
O peor aún.

Saberla,
Saberla
Y que no nos guste lo que sabemos.

domingo, 18 de enero de 2015

69.

Y nos sentamos ahí.
Fumando.
Viendo como las estrellas fugaces recorrían en segundos el cielo y el parque de atracciones iluminaba la ciudad a lo lejos.
Viendo como las farolas encendían la ciudad vacía y nos llenaban a nosotros poco a poco.
Y nos sentamos ahí.
Pensando, quizás recordando, que a lo mejor, el mundo era merecedor y no tan desagradable.
Que quizás, había un poco de amor entre tanto infierno y un poco de bondad en nuestros corazones y almas negras y apáticas.
Y estábamos ahí sentamos.
Con los pies en el vacío.
En el límite de nuestra existencia tentando nuestra supervivencia.
Pero estábamos ahí.
Contemplando las pocas estrellas que el cielo iluminado de Madrid te puede dar todas las noches a ver.
Solamente observando el infinito vacío, o lleno, tampoco lo sé con exactitud.
Y nos dimos cuenta de que no era todo tan malo como nuestra joven experiencia nos había enseñado. Y nos fijamos en que no todo es tan cruel, ni tan  horrible ni tan feo como dicen.
Nos dimos cuenta mientras observábamos a través del humo del cigarro aquellas luces fugaces en el infinito cielo, que quizás, y sólo quizás, podríamos hacer algo por aquel infinito tan finito para nosotros..
Y estábamos ahí.
Con los pies en el vacío.
Tentando al abismo y jugando con la vida.
Fumando, consumiéndonos, pensando.
Que quizá, y sólo quizá, no todo era tan malo, ni tan bueno, como todos nos prometían y decían.